Edward seguía apoyando su peso en los brazos para no presionar el cuerpo de Rebecca. La rubia tenía el pelo revuelto y jadeaba.
- Estás perfecta. - Dijo Edward, pasando la nariz por el cuello de Rebeca.
- Qué tonta. - Rebecca rio, sintiendo cosquillas. - Es tarde, mañana tienes que trabajar.
Con esa frase, Edward cedió y dejó que el peso de su cuerpo cayera perezosamente sobre el de Rebecca. Rebecca le rodeó con sus brazos y le besó en el hombro. Con sus cuerpos desnudos bajo la sábana, durmier