17. Bajo la piel.
Esa noche no pude dormir. El peso de la visita de Natan se quedó conmigo, como una sombra persistente. Su amenaza no era un simple alarde; era una promesa. Y yo sabía que no se detendría hasta que lograra lo que quería: mi cabeza o mi rendición.
Rita dormía en la pequeña cama al otro lado del cuarto, su respiración tranquila un contraste absoluto con mi caos interno. La observé por un momento, asegurándome de que estuviera bien. Había algo hipnótico en la forma en que se movía ligeramente en su