La camioneta avanzaba por caminos de tierra que se perdían entre las montañas.
Antonia iba en el asiento trasero, con Noah recostado contra su hombro, los ojos cerrados, la respiración entrecortada por el dolor de las costillas rotas. El brazo en cabestrillo descansaba sobre las piernas de ella, y cada vez que la camioneta daba un salto, sus dedos se cerraban sobre el vestido de ella con una fuerza que le rompía el pecho.
Elena iba al volante. En el asiento del acompañante, uno de los hombres d