Las primeras dos semanas en la mansión se convirtieron en un laboratorio de pequeñas rutinas que nadie había planeado, pero que todos adoptaron con una naturalidad que rozaba lo milagroso. Las mañanas comenzaban con el café de Noah y las preguntas infinitas de Leo, que había descubierto la biblioteca y no paraba de señalar los lomos de los libros con el dedo manchado de miel. Las tardes transcurrían en el jardín, donde los jazmines comenzaban a florecer con más fuerza, y las noches se cerraban