27. No puedes quedarte
Maximiliano
Cierro la puerta del cuarto de servicio con un golpe seco que reverbera en el pasillo desierto y me apoyo contra la madera, respirando con dificultad. Tengo los puños tan apretados que las uñas se me clavan en las palmas.
«¿Qué demonios estabas pensando, Maximiliano? Estúpido. Imbécil».
Me puteo mentalmente una y otra vez, golpeando la nuca contra la pared. Pequeña Soler. Se lo he dicho. Se lo he escupido en la cara cuando la tenía atrapada entre mis brazos, con su piel húmeda rozan