Capítulo 8 – Negociaciones carnales
El frío era una bestia.
Elena sentía sus dientes castañetear, sus pezones endurecerse hasta dolerle, sus muslos cubrirse de piel de gallina. La oscuridad de la habitación era total. Las velas apagadas. La chimenea reducida a brasas moribundas.
Estaba desnuda, con los brazos abiertos, atada a los postes del dosel. Las tiras de cuero no la lastimaban, pero le impedían moverse. Imposible cubrirse. Imposible calentarse. Imposible siquiera cruzar las piernas para