30. Monstruo
Gia
Nos cruzamos en el pasillo, pero Stella Leone no fue capaz de verme, y no porque me hubiesen faltado ganas de mostrarme ante ella, sino porque habría sido demasiado contraproducente.
Salté dentro del auto creyendo que me quedaría sin aire, que esa entereza de la que había gozado hace una hora en el departamento de Carlo finalmente se vendría abajo como un castillo de naipes.
—Gia… —murmuró Greco, buscando mis ojos a través del espejo retrovisor—. ¿Estás bien?
No, no lo estaba, y es que una