29. Maravillosa liberación
Gia
Empezamos a tambalearnos hasta la cama.
Por un segundo, me fascinó esa perspectiva que tuve de él a medio metro lejos de mí; desnudo y con una terrible erección que me hizo estremecer.
¡Dios, era tan hombre!
Me humedecí los labios al tiempo que su imperiosa figura se alzaba hermosa sobre mí. Un instante después, Carlo ya se hacía del broche de mi sujetador y me lo arrebataba antes de capturar uno de mis pechos con demasiado vigor. Al principio, tan nervioso como seguro de sí mismo. Contagia