23. El secreto mejor guardado
Carlo
Habría perdido el temperamento y gruñido su nombre con una maldición si las manos de Gia no hubiesen buscado con timidez mi contacto.
Sus ojos azules me escanearon con preocupación, como si no reconociese al hombre que tenía en frente de ella y que la amaba con locura que cruzaba los limites, y es que Stella Leone conseguía traer de vuelta mi peor versión.
—Ocho con treinta, cariño, no me falles —la escuché decir antes de colgar.
Tragué saliva bruscamente y apreté el móvil con una fuer