POV Azkarion.
Esa noche no dormí.
Ni un solo segundo.
Mi cuerpo permanecía allí, rígido, hundido en una silla dura e incómoda, con la espalda apoyada apenas en el borde de la cama del hospital.
Cada músculo me dolía, pero no me moví. No podía. No quería. Como si al hacerlo pudiera romper algo frágil, invisible, pero vital. Como si moverme fuera aceptar que el mundo seguía avanzando mientras el mío se había detenido.
Verena yacía frente a mí.
Inmóvil. Silenciosa. Conectada a máquinas que respiraban por ella, que vigilaban cada latido de su corazón, cada fluctuación mínima en su presión, cada suspiro artificial que entraba y salía de su cuerpo. Los tubos, los cables, los monitores… todo parecía una cruel red que la mantenía atada a este mundo sin preguntarle si quería quedarse.
Su rostro estaba pálido.
Demasiado quieto. Demasiado ajeno a la mujer fuerte, orgullosa y viva que conocía. Era como si el tiempo hubiera decidido congelarla sin previo aviso, sin permiso, sin misericordia. Me dol