Cuando cerré la puerta de la habitación, sentí que algo dentro de mí también se cerraba para siempre.
El sonido seco de la puerta resonó en el silencio de la casa, y entonces mis lágrimas comenzaron a caer sin control.
Mi pecho dolía.
No era un dolor suave ni triste. Era uno profundo, pesado, como si alguien me hubiera arrancado el corazón y hubiera dejado el hueco abierto.
Caminé lentamente hacia el espejo. Mis piernas temblaban. Cuando levanté la mirada, vi mi reflejo detenido frente a mí.
Te