Al llegar al hotel, Akron me llevó directamente a la habitación.
Me sostuvo con cuidado, como si yo fuera algo frágil, algo que pudiera romperse con un movimiento brusco. Me recostó en la cama y acomodó las almohadas detrás de mi espalda.
—Descansa —me dijo con una voz tranquila—. Voy a preparar algo de comer.
Asentí, fingiendo debilidad. Él salió de la habitación y cerró la puerta.
En cuanto me quedé sola, la máscara comenzó a caer.
Me llevé la mano a la cabeza. Sí, me dolía un poco, pero no lo suficiente como para justificar el papel que estaba interpretando.
El verdadero dolor estaba en otro lugar: en el pecho, en la traición, en la certeza de haber sido engañada de la forma más miserable posible.
Me senté en la cama y respiré hondo.
Adrián creía que yo no recordaba nada. Creía que podía moldear mi realidad a su antojo. Decirme quién era mi novio.
Decidir con quién podía acostarse sin culpa. Convertirme en una mujer dócil, manipulable, agradecida por las migajas de atención que qui