—¿Qué es lo que quieres, mujer?
Mi voz salió rota, áspera, como si cada palabra tuviera que abrirse paso a la fuerza desde el pecho. La rabia me tensaba la mandíbula, pero debajo de ella había algo peor: miedo.
La habitación estaba sumida en un silencio espeso, antinatural, de esos que pesan sobre la piel. Incluso las paredes parecían contener la respiración, conscientes de que ahí dentro se estaba negociando algo que no debía negociarse jamás.
Marlen sonrió despacio, con una calma que helaba la sangre. Era la misma sonrisa torcida que había aprendido a reconocer desde el primer día: la sonrisa del gato de Cheshire, amplia y burlona, vacía de humanidad.
Sus ojos brillaban con una satisfacción cruel, casi infantil, como si aquello fuera un juego largamente esperado.
—Mucho dinero —respondió al fin—. Todo el dinero de los D’Argent.
Sentí el golpe en el pecho como si me hubiera empujado con el puño. No era la cifra lo que me sacudía, ni siquiera la amenaza económica. Era lo que esa exige