—¿Qué es lo que quieres, mujer?
Mi voz salió rota, áspera, como si cada palabra tuviera que abrirse paso a la fuerza desde el pecho. La rabia me tensaba la mandíbula, pero debajo de ella había algo peor: miedo.
La habitación estaba sumida en un silencio espeso, antinatural, de esos que pesan sobre la piel. Incluso las paredes parecían contener la respiración, conscientes de que ahí dentro se estaba negociando algo que no debía negociarse jamás.
Marlen sonrió despacio, con una calma que helaba la