Llegué a casa cuando la tarde ya estaba muriendo, con el cielo teñido de un gris cansado que parecía reflejar exactamente cómo me sentía por dentro. El cuerpo me pesaba como si llevara semanas sin dormir, y la mente… la mente estaba saturada de nombres, cifras, contratos, decisiones tomadas casi en automático. Reuniones interminables, llamadas que no daban tregua, responsabilidades que se acumulaban sin pedir permiso.
El trabajo me estaba devorando lentamente, y lo peor era que yo lo sabía… y aun así seguía dejándolo pasar.
Apenas crucé la puerta, algo se sintió mal.
No fue un ruido. Fue precisamente la ausencia de él.
Ese silencio antinatural, demasiado limpio, demasiado quieto para una casa donde vivía mi bebé. Mi corazón dio un salto incómodo en el pecho.
Antes de que pudiera avanzar más, Tía Paloma apareció desde el pasillo. Su postura era rígida, su rostro serio, y en sus ojos había una tensión que me heló la sangre. No necesitó decir nada para que una alarma se encendiera dentro