La mirada de Azkarion se deslizó por mi cuerpo con tanta lentitud, con tanta descarada posesión, que sentí como si me hubiese arrancado la ropa en plena sala.
Me invadió una oleada de vergüenza y furia mezcladas, un calor que subió desde mi pecho hasta las mejillas. Quise desaparecer, deseé que el suelo se abriera y me tragara entera.
¿Por qué, demonios, tenía tan mala suerte? ¿Por qué de todos los clientes del bar, justo tenía que ser él?
Intenté recomponerme, llevando el carrito de bebidas hac