Siento la mirada de toda la familia clavarse sobre mí.
Es pesada. Fría.
Como si cada uno de ellos estuviera evaluándome, desarmándome pieza por pieza sin siquiera tocarme. Me cuesta respirar con normalidad. Mi pecho sube y baja con una ansiedad que intento ocultar, pero sé que no soy tan buena fingiendo.
Tengo miedo. Miedo de ser rechazada otra vez. Miedo de no ser suficiente.
Miedo de que, en cualquier momento, alguien diga lo que siempre temí escuchar: que no pertenezco aquí.
—Abuelo Azkarion,