—¿Qué haces aquí, papá?
Mi voz salió más firme de lo que me sentía en realidad. Azkarion D’Argent estaba de pie frente a mí, imponente como siempre, con ese aire que hacía que incluso el espacio pareciera obedecerle.
No necesitaba alzar la voz para intimidar; su sola presencia bastaba.
—Tenemos que hablar —respondió, sin rodeos.
Giré ligeramente el rostro hacia Emma. Ella estaba allí, quieta, observándonos, y supe de inmediato que no quería que presenciara lo que estaba por venir. Nada bueno nac