POV Verena
Azkarion tomó mi mano con firmeza y salimos de allí sin mirar atrás.
Su contacto era cálido, seguro, como si al sostenerme quisiera recordarme que nada ni nadie podía arrebatarnos lo que teníamos. Subimos al coche y el motor rugió suavemente antes de alejarnos del lugar, dejando atrás luces, murmullos y una escena que aún ardía en mi memoria.
El trayecto fue silencioso. No un silencio incómodo, sino uno denso, cargado de pensamientos no dichos. Miraba por la ventana, viendo las sombras deslizarse, mientras mi corazón seguía latiendo con demasiada fuerza.
Volvimos a la villa.
Cuando la puerta se cerró tras nosotros, el silencio se volvió casi físico. Me apretó el pecho. Subí las escaleras sin decir palabra, cada paso resonando en mis oídos. Entré en la habitación y me detuve en medio de ella, sintiendo el corazón golpeándome las costillas, como si quisiera escapar.
Azkarion entró después.
—Verena… —dijo con cuidado—. No sé qué viste exactamente, pero yo no quise besarla.
Me