—Es cierto —dije, sosteniendo su mirada sin titubear—. La empresa King está en mis manos.
El silencio que siguió fue pesado, denso, como si el aire mismo se hubiera vuelto más espeso entre nosotros.
Me incliné ligeramente hacia adelante, apoyando los codos sobre la mesa, sin apartar los ojos de él.
—¿Qué harás al respecto, señor King?
Mi voz fue calmada.
Demasiado calmada.
Y eso lo enfureció más que cualquier grito.
Se levantó de golpe, la silla arrastrándose con un sonido áspero contra el suel