Sonreí con una calma que ni yo misma sabía que podía sostener en medio de tanta tensión.
—¿Estás segura de lo que dices? —pregunté, ladeando apenas la cabeza—. Te sugiero tener cuidado con acusaciones tan graves, señorita. La difamación no es un juego… y yo puedo demostrar fácilmente que estás mintiendo.
Sus ojos se encendieron de rabia.
—¡Mientes tú! —escupió, perdiendo por completo la compostura.
Lo siguiente ocurrió en un segundo.
Se abalanzó hacia mí, con la mano levantada, pero antes de qu