—¿Qué acabas de decir? —pregunté estupefacto, notando cómo sus mejillas se teñían de un tono rojo intenso y su mirada se desviaba—. No evites mirarme, repite lo que acabas de decirme.
—Que... te amo —lo volvió a repetir, y mi corazón casi salió desbocado de mi pecho—. ¿Ahora lo escuchaste bien? —se giró para mirarme fijamente—. Ya no te quiero, ahora sé lo que realmente siento por ti. Te amo, Silvano.
—¿Quieres que muera de un ataque al corazón? —sujeté su mandíbula, acercándome a su rostro qu