Cuando llegamos a la casa, apenas cerré la puerta, Raegan no soltó mi brazo, sujetándome con una fuerza que me hizo fruncir el ceño de dolor.
—¡Raegan, me estás lastimando! —grité, tratando de liberarme, pero su agarre solo se hizo más firme.
Su mirada estaba llena de furia y decepción, y su voz salió en un grito cargado de enojo y celos.
—¿Qué hacías a solas con ese imbécil, Alexa? —me espetó, cada palabra como un latigazo.
Sentí cómo la tensión crecía entre nosotros. Sabía que no habí