Los vestidos ya estaban casi todos decididos. Mi vestido, el que llevaría en la boda, ya estaba elegido: un diseño clásico y elegante que la mamá de Raegan había aprobado con emoción, y que, en sus palabras, era "perfecto para una novia como tú". Pero aún faltaba el vestido para Rubí, mi pequeña hija. La mamá de Raegan, llena de entusiasmo, repasaba las opciones, buscando uno que hiciera juego con el mío.
—Este es precioso, ¿no crees? —dijo ella, mostrándome un vestido delicado, con detalles d