La cabaña estaba en silencio.
Afuera, el viento aullaba contra las laderas y las maderas de las cabañas, arrastrando lo que esperaba fueran las últimas nevadas de la temporada, acumulándose como una gran capa blanca que lo cubría todo, excepto de la leña cortada que Kael había previsto apilar cerca de la puerta. El invierno todavía no se marchaba por completo, y se sentía hasta en los huesos, en los estómagos vacíos, en los rostros tensos de los lobos que recorrían el campamento como fantasmas.