Jaqueline
Estevão y Pedro se quedaron a cierta distancia, respetando aquel momento. A pesar del estado deplorable en el que se encontraba Alexandre, con el rostro apoyado y dormido sobre la barra, mi corazón empezó a tranquilizarse. Pedro se acercó e intentó llamarlo. Estevão, más dubitativo, se mantuvo a unos pasos de distancia, aunque visiblemente preocupado.
—Alexandre… —lo llamé de nuevo—. Vamos a casa, mi amor.
Él gruñó casi inaudible, palabras inconexas y arrastradas. Sus ojos intentaron