Gustavo
Apoyé el brazo en la ventanilla y me quedé observando: Lívia, tirada en el asiento trasero del auto, impaciente, tamborileando los dedos sobre su propio regazo. Di la vuelta y me detuve a su lado, golpeando suavemente la carrocería con la mano, haciéndole una seña para que bajara.
—¿Cómo así? —preguntó con los ojos chispeando de rabia.
—¿Cómo así qué? Vas a venir conmigo. Yo mismo voy a manejar. Ven a sentarte aquí, a mi ladito… a menos que me tengas miedo.
Bufó, puso los ojos en blanco