Gustavo
El beso parecía no tener fin, urgente, lleno de deseo. La boca de Lívia tenía sabor a lo prohibido, a algo que no debería tocar… pero ya era demasiado tarde para evitarlo. Cuando el beso terminó, ella me empujó. Sus labios enrojecidos y la respiración agitada me hicieron sonreír, satisfecho.
—¿Te volviste loco?
Me pasé la lengua por los labios, saboreando todavía su gusto.
—Si esto es locura, entonces no quiero estar cuerdo.
Desvió la mirada, acomodándose el tirante del sostén, como si