Alexandre
Jaqueline dio algunos pasos vacilantes hacia mí, con el semblante tenso y los ojos muy abiertos. Su respiración era corta, como si intentara comprender lo que acababa de presenciar. Gustavo permanecía en silencio, con los puños cerrados, mientras su padre lloraba cada vez más, al punto de que Júlio César tuvo que sujetarlo del brazo para que no se derrumbara allí mismo.
—¿Qué fue lo que dijo usted? —Jaqueline estaba incrédula.
Edgar alzó el rostro, marcado por las lágrimas.
—No debías