Fue todo mi culpa… 

Alexandre

Jaqueline dio algunos pasos vacilantes hacia mí, con el semblante tenso y los ojos muy abiertos. Su respiración era corta, como si intentara comprender lo que acababa de presenciar. Gustavo permanecía en silencio, con los puños cerrados, mientras su padre lloraba cada vez más, al punto de que Júlio César tuvo que sujetarlo del brazo para que no se derrumbara allí mismo.

—¿Qué fue lo que dijo usted? —Jaqueline estaba incrédula.

Edgar alzó el rostro, marcado por las lágrimas.

—No debías descubrir las cosas de esta manera… Tú eres mi hija.

Jaqueline soltó una risa corta, seca, sin ningún rastro de humor.

—¿Su hija? Esa afirmación roza lo absurdo. Usted debe de estar perdiendo la razón.

Entonces se giró hacia mí, con los ojos llenos de lágrimas y la voz firme al reprocharme:

—¿Y tú… de verdad hacía falta todo esto? ¿Esta pelea? —intentó mantener un tono controlado, como si ignorar lo que acababa de oír fuera lo más seguro.

—Mírame, Jaqueline… Estoy seguro de que eres mi hija.

El
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