Capítulo Diez
El rugido del Pacífico era ensordecedor, pero no lograba acallar el tictac imaginario del reloj que resonaba en mi cabeza. Cuarenta minutos. La cuenta regresiva para que mi hija dejara de respirar ya había comenzado en una tranquila finca a kilómetros de distancia, y no había nada que pudiera hacer para detenerla desde aquí.

Las luces largas de las tres camionetas negras nos cegaban. La lluvia torrencial convertía el asfalto en un espejo de luces estroboscópicas rojas de emergencia y luz blanca.
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