Arya.
Llegué de la oficina un poco más temprano de lo habitual.
El día había sido un desastre; los mercados estaban tensos y trabajar con Máximiliano ignorándome en cada correo y cada llamada me tenía con los nervios de punta.
Lo único que quería era abrazar a mi hijo, oler su cabello y jugar con él en la alfombra para olvidarme del mundo.
Escuché las risas de James desde el jardín trasero. Salí y los vi. Maximiliano estaba sentado en su silla bajo la sombra de un árbol.
Sostenía un libro de