Abrí los ojos de golpe, el corazón aún desbocado. El sonido seco del disparo seguía retumbando en mis oídos, y lo primero que vi fue el agujero en la pared, apenas a unos centímetros de mi cabeza. La bala había impactado ahí, tan cerca que pude oler la pólvora mezclada con el polvo del yeso.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Ese idiota hablaba en serio. Si no hubiera tenido tan buena puntería, yo estaría muerta. Tragué saliva con dificultad, agradeciendo a Dios por esa mínima chispa de suerte.