Volví a la propiedad justo antes del atardecer.
El sol caía lento, como si supiera lo que estaba por ocurrir.
Guardé el frasco con el veneno en el fondo de mi bolso, bien envuelto, entre un par de cosas inútiles. Ni siquiera una inspección profunda lo encontraría.
Entré por la entrada principal como si nada, con la cabeza en alto, como si no llevara en la bolsa la muerte envuelta en vidrio.
Y como si me lo esperara, ahí estaba él.
Alexander.
De pie, justo al final del pasillo.
Brazo cruzado, ma