Nadie respondió desde el interior.
Julián esperó unos segundos frente a la puerta y finalmente giró el picaporte.
—Inés, ya basta. Hasta subí personalmente a buscarte.
Siguió refunfuñando mientras entraba, pero de pronto se detuvo en seco.
Elvira estaba desplomada junto a la cama, con los hombros sacudidos por los sollozos.
Julián frunció el ceño.
—¿Por qué lloras? ¿Está dormida?
Elvira no respondió. Se limitó a aferrarse con fuerza a mi mano.
Como si por fin hubiera notado que algo andaba mal,