Capítulo 4
Esa noche, organizaron una cena en casa: por un lado, para celebrar el compromiso de Catalina; por otro, para agasajar a los mayores de la familia Alcázar y dejar atrás de una vez por todas el escándalo de la falsa caída de la ciudad.

Apenas comenzó la cena en la planta baja, volví a vomitar sangre en mi habitación.

Esta vez no fue solo sangre.

Sentía que algo me apretaba el pecho poco a poco, hasta que incluso respirar empezó a dolerme.

Al ver la sangre en el lavabo, Elvira palideció de inmediato.

—Señorita, voy a buscar al médico.

La sujeté del brazo y puse sobre la mesa el frasco vacío.

—No vayas. Tomé la píldora que mi padre me dejó para el caso de que la ciudad cayera.

Elvira se quedó completamente inmóvil.

Por supuesto que sabía de qué se trataba.

Cuando mi padre aún vivía, había dicho que, si la ciudad llegaba a caer, las hijas de los Valcárcel preferirían morir antes que caer en manos del enemigo.

—¿Cuándo la tomó?

—Anoche, antes de subir al automóvil.

Las lágrimas comenzaron a rodarle por las mejillas.

—¡Pero lo de anoche era mentira!

Bajé la cabeza y sonreí.

—Cuando me la tragué, no lo sabía.

Justo entonces, se escuchó una ronda de aplausos desde la planta baja.

Catalina estaba abriendo los regalos de compromiso que le había enviado su prometido. Sebastián bromeaba diciendo que tenía mucha suerte, mientras nuestra madre no paraba de pedir que descorcharan otra botella.

Elvira se volvió, dispuesta a bajar corriendo.

—¡Voy a decírselo ahora mismo a su madre y al señor Julián!

Pero la puerta de mi habitación se abrió antes de que pudiera salir.

Julián apareció en el umbral y preguntó con impaciencia:

—Inés, todos te están esperando abajo. ¿Hasta cuándo piensas seguir así?

Elvira abrió la boca para hablar, pero la interrumpí antes de que pudiera decir nada.

—Esta noche no voy a bajar.

Julián frunció el ceño.

—Hoy es el compromiso de Catalina. ¿Ni siquiera vas a dejarte ver un momento, siendo su hermana?

Lo miré y le hice una pregunta de pronto.

—Julián, si lo de anoche hubiera sido real, ¿te arrepentirías ahora?

Se quedó desconcertado un instante, pero enseguida se le ensombreció el rostro.

—¿Otra vez con lo mismo? Lo de anoche ya pasó. ¿Hasta cuándo vas a seguir dándole vueltas?

No respondí.

Abajo, Catalina ya lo estaba llamando.

—¡Julián, ven rápido! ¡Sebastián va a abrir el champán!

Julián respondió en voz alta y volvió a mirarme.

—Está bien. Quédate aquí hasta que te calmes. Cuando se te pase el enojo, volveremos a hablar de la fecha de la boda.

Dicho eso, se marchó.

Elvira lloraba de rabia.

—Señorita, ¡si ya estaba en la puerta! ¿Por qué no se lo dijo?

Me recosté de nuevo contra la cabecera. Curiosamente, el dolor en el pecho había disminuido un poco.

—¿Y de qué habría servido decírselo?

Desde el momento en que me tragué aquella píldora, mi destino quedó sellado.

Poco después, se escuchó cómo descorchaban una botella de champán en la planta baja.

Nuestra madre dijo entre risas:

—Catalina tendrá una boda por todo lo alto el mes que viene. Cuando termine su boda, también será el turno de Inés.

Sebastián no tardó en sumarse a las bromas.

—Julián, fija la fecha de una vez. Así dejará de hacer berrinches por lo de anoche.

Julián soltó una carcajada.

—¿Qué prisa hay? No se va a escapar.

Todos los presentes se echaron a reír.

Yo, en cambio, me quité el anillo de compromiso en silencio y lo guardé en la cajita de madera que tenía sobre la mesita de noche.

Dentro también estaban las cartas que Julián me había escrito a lo largo de aquellos años.

Siete años. Una pila gruesa de cartas.

Elvira se abalanzó junto a la cama y me tomó de la mano.

—Señorita, no se duerma. Aguante un poquito más, por favor.

Quise decirle que no llorara, pero apenas abrí la boca, la sangre comenzó a deslizarse por la comisura de mis labios.

Abajo volvieron a escucharse aplausos.

Catalina estaba cortando el pastel de la celebración de su compromiso.

Nuestra madre levantó su copa, rebosante de alegría.

—¡Vamos, brindemos todos por Catalina! Que tenga una vida llena de paz y que todo le salga bien.

Al escuchar aquellas palabras, cerré los ojos lentamente.

Bastaba con que ella viviera en paz.

Al fin y al cabo, ¿no habían hecho todo aquello precisamente para protegerla?

Un último dolor, leve, me atravesó el pecho.

Después, no sentí absolutamente nada.

Cuando volví a abrir los ojos, me vi de pie junto a la cama.

Bajé la mirada y vi que mis manos eran transparentes.

Mi cuerpo yacía sobre el colchón, con el rostro mortalmente pálido y un rastro de sangre aún sin limpiar en la comisura de los labios.

Elvira estaba desplomada junto a la cama, llorando hasta quedarse casi sin voz.

La celebración de abajo todavía no había terminado.

Catalina se quejó de que la foto familiar quedaría incompleta si yo no aparecía y, al final, terminó rogándole a Julián con su habitual tono mimado.

—Julián, ve a buscar a Inés, por favor.

Nuestra madre también dejó la copa sobre la mesa.

—Ve. No podemos seguir consintiéndola cada vez que se le antoje ponerse difícil.

Julián soltó una risita resignada.

—Está bien. Voy.

Al poco tiempo, escuché unos pasos detenerse frente a mi habitación.

Después, oí que Julián llamaba a la puerta.

—Inés, ya basta. Abre la puerta. Catalina solo está esperando que bajes para tomarnos una foto familiar. ¿Ni siquiera puedes hacer ese pequeño favor?

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