La no elegida. No me elegiste, Ahora olvídame
La no elegida. No me elegiste, Ahora olvídame
Por: Julia River
Capítulo 1 Casi todo, casi nada

POV Leona

—Esto es lo mejor, créeme. Con el tiempo me lo agradecerás —dice Ignacio Della Rovere, con esa firmeza que usa cuando ya decidió algo y no piensa dar el brazo a torcer—. No te preocupes, tendrás todo lo que necesites, como lo estipula el contrato de confidencialidad que firmaste.

Lo miro sin pestañear. Tres años. Tres años esperando que este hombre se dignara a darme un lugar en su vida, y él me lo resuelve con la misma calma con la que resolvería una reunión de negocios.

Durante tres años en donde fuimos, casi todo, casi nada o casi algo. Porque cuando intentanba alejarme, Ignacio volvía a buscarme, hasta que terminé enamorandome por completo de él. 

—¿Todo lo que necesite? —repito, y no reconozco mi propia voz—. Qué generoso de tu parte, Ignacio.

Él frunce el ceño, como si mi ironía lo tomara desprevenido. Bien. Que se acostumbre, porque la Leona que se tragaba cada silencio suyo se acaba de morir aquí, en esta sala.

—No te pongas así.

—¿Así cómo? —Doy un paso hacia él, y por primera vez en tres años, no bajo la mirada—. ¿Cómo se supone que me ponga cuando el hombre con el que hice el amor anoche viene hoy a anunciarme su casamiento?

Algo cruza por su rostro. No sé si es culpa o solo incomodidad, y la verdad, ya no me importa distinguirlo.

—Nunca te prometí nada, Leona.

—No. Pero tampoco me dijiste que no me querías —el temblor se me cuela en la última palabra, y lo odio por eso—. Y yo fui lo bastante tonta como para llenar cada uno de tus silencios con esperanza. Cada viaje que cancelabas a último momento, cada cumpleaños que festejamos a puertas cerradas, cada vez que te pedí conocer a tu familia y me dijiste que «todavía no era el momento». Yo lo convertí todo en promesas. Tú nunca prometiste nada. Tienes razón.

Se acerca. Me toma del brazo y me pega a su cuerpo con esa mezcla de urgencia y control que siempre logró desarmarme.

—No es tan simple —murmura contra mi cuello, aspirando mi perfume—. Sabes bien que me vuelves loco…

Por un segundo, mi cuerpo lo traiciona todo y se estremece. Por un segundo, quiero quedarme ahí, fingir que nada de esto está pasando, que mañana no va a vestirse con su impecable traje para otra mujer.

Pero me aparto.

—Solo que no lo suficiente como para elegirme —termino la frase por él—. ¿Qué pensaría tu prometida si supiera que mientras la cortejabas, tú me tenías a mí esperando en las sombras? ¿Que cuando yo te preguntaba por ella cuando salieron esas fotos, me decías que no era nadie, que solo era la hija de unos amigos de tus padres?

La mandíbula de Ignacio se tensa. Cierra el puño.

—¡Leona, no empieces!

Sonrío. Una sonrisa amarga que no sabía que tenía guardada.

—¿Empezar? Llevo tres años sin reclamarte absolutamente nada. Hoy es la primera vez, y va a ser la última, porque después de hoy no pienso volver a dirigirte la palabra. Si se termina, se termina para siempre.

Se pasa una mano por la sien, frustrado. Y yo, con lo poco de dignidad que me queda, camino hasta la puerta de mi apartamento y la abro de par en par.

—Leona, escúchame…

—No, escúcheme, señor. De ahora en más —lo interrumpo, y esta vez mi voz sale firme y cortante—, para usted soy la señorita Eleonora Ferrás. Si el destino me condena a cruzarme con usted otra vez, así deberá dirigirse a mí.

Él avanza hacia mí con la rapidez de un depredador que no está acostumbrado a que su presa se le escape.

—¡Basta de dramas, Leona! Entiendo que estés dolida, pero esto no hace falta.

Cierro los ojos un instante. ¿No hace falta? Qué fácil es todo cuando el corazón roto es el ajeno.

Lo miro directo a los ojos —esos ojos que alguna vez creí saber leer— y le digo, con una calma que me sorprende hasta a mí:

—Váyase, Señor Della Rovere. Y esta vez, créame cuando se lo digo yo: es lo mejor para los dos.

Él esboza una sonrisa cargada de desdén.

—Volveré para terminar de hablar cuando se te pase. Contigo no se puede hablar cuando te pones así.

Le cierro la puerta en la cara antes de que termine la frase. Y ahí, sola, con la espalda pegada a la madera, dejo caer la máscara.

Las lágrimas que contuve durante toda la conversación caen sin permiso. Me deslizo hasta el piso, abrazando mis piernas, y por un largo rato me permito llorar todo lo que no lloré delante de él.

Hubiese querido decirle que le deseaba la muerte. Pero mi estúpido corazón, el mismo que él pisoteó durante tres años, todavía lo sigue amando.

Claro que sí. Porque mañana Ignacio Della Rovere se comprometerá con la dulce, perfecta e intachable Clara Lombardo.

Y yo no quiero estar aquí cuando eso suceda porque apenas puedo respirar por el dolor que siento.

Me seco las lágrimas con el dorso de la mano y me pongo de pie. Miro el apartamento que compartimos tantas noches, los libros que dejó a medio leer, la copa que todavía tiene su marca.

Y, por primera vez en tres años, tomo una decisión que es solo mía. 

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