Capítulo 2 Lo que debe ser

POV Ignacio

No había terminado de cerrar la puerta del edificio cuando ya tenía el teléfono pegado a la oreja.

—¿Está todo listo? —pregunté sin saludo y sin rodeos.

—Como usted ordenó, señor —respondió Marcos, con la eficiencia impecable de quien lleva años ejecutando cada uno de mis caprichos sin hacer preguntas—. El piso ya está a nombre de la señorita Leona. El auto, también. Y la cuenta bancaria quedará habilitada en cuanto ella decida usarla. Solo falta su firma.

Una sonrisa de satisfacción se me dibujó en el rostro. Me sentí, incluso, un poco orgulloso de mí mismo. Después de todo, yo no soy de los hombres que abandonan a una mujer sin dejarle nada.

Tres años de compañía merecían, al menos, eso.

—Perfecto. Que firme los papeles mañana mismo.

—Como usted diga, señor. ¿Algo más?

Dudé un instante. Por la ventanilla del auto, las luces de la ciudad pasaban borrosas, reflejando el desorden de mi propia cabeza en este momento.

—No. Eso es todo.

Corté la llamada y me quedé mirando la pantalla oscura del teléfono, como si esperara que me devolviera alguna certeza. No la encontré.

Mañana me comprometeré con Clara Lombardo: la mujer perfecta para mi apellido, para mi empresa y para la vida que mis padres diseñaron para mí desde antes de que yo pudiera opinar. Clara, con su sonrisa impecable y su paciencia infinita, ha sido desde siempre la elección natural. Fuimos amigos desde pequeños, mi novia en la preparatoria, a quien quise de manera entrañable.

Luego ella decidió irse al exterior para probar suerte como actriz. Su belleza, su figura y las influencias de su familia la ayudaron, y ahora, con su carrera consolidada, ha vuelto para ocupar el lugar que por derecho le corresponde: ser mi esposa. Porque para eso la educaron. En nuestro mundo, ella puede disfrutar del dinero, la posición y el poder, pero jamás cuestionar nada de lo que suceda a su alrededor.

Lo que se dice, la esposa perfecta.

Durante todo este tiempo mantuve mi promesa, porque realmente quiero a Clara. Pero cuando me crucé con Leona, todo fue distinto. Real, intenso, incómodamente vivo. Y quizás por eso mismo, imposible.

Leona no pertenece a este mundo. Nunca comprendió cómo se manejan las cosas aquí, ni cómo se mueve la gente para sobrevivir.

Siempre tuve claro que nuestra relación no tenía futuro, que la fecha de caducidad la pondría Clara cuando decidiera regresar. Aun sabiéndolo, dejé que la joven e ingenua Leona se hiciera ilusiones, dándole un tipo de atención que para alguien que había sufrido tantas pérdidas era algo importante, difícil de ignorar.

Me digo a mí mismo que le estoy dando exactamente lo que necesita: seguridad, estabilidad, un techo propio y una vida resuelta lejos de mí. Me lo repito varias veces, como quien reza un mantra, mientras el automóvil avanza hacia mi residencia.

Sin embargo, algo se me revuelve en el pecho, una punzada amarga que no logro nombrar, como un mal presentimiento. Una inquietud estúpida, me digo, producto del cansancio y de la discusión de esta tarde. Leona solo necesita tiempo, nada más. Mañana firmará los papeles y todo volverá a su cauce.

Nada puede salir mal. ¿O sí?

Aparto la idea con un gesto rápido de la mano, como quien espanta un insecto molesto. Leona firmará. Siempre termina haciendo lo que le pido. Al final, todos terminan entendiendo que estar de mi lado y no traerme problemas es lo mejor que les puede suceder.

Me repito eso hasta que casi me lo creo. Pero... si tengo tanta certeza, ¿por qué algo dentro de mí no logra creérselo del todo?

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