DAVID
La sorpresa me deja paralizado. Nora no desvía su mirada, me sostiene la vista como si no sintiera remordimiento alguno. Mi corazón late desbocado, la furia sube por mi garganta, pero me esfuerzo por mantener la calma.
—¿Cómo pudiste? —mi voz es apenas un susurro, cargado de dolor y traición.
—Sabía que ibas a venir a defender a tu niñera, o más bien dicho, a tu amante —dice, sin una pizca de pena.
Por un momento pensé que armaría un teatro y negaría todo. Esta Nora que veo ahora, no es l