Entonces, con un escalofrío recorriendo mi espina dorsal, me giro lentamente para enfrentar a David, esperando encontrar una expresión de sorpresa o incredulidad en su rostro. Pero lo que veo en sus ojos es una mezcla de decepción, dolor y enojo.
—¿Qué estás haciendo aquí? —pregunto con voz temblorosa, sintiendo cómo el pánico me consume por dentro.
Su ceño se frunce más. Molesto es poco, debe estar furioso. Seguro creyó las palabras de esta mujer, pero a estas alturas, es absurdo que le crea a