Mundo ficciónIniciar sesiónBianca
El trayecto hasta su casa transcurre casi en silencio. Estoy demasiado nerviosa como para iniciar una conversación, y Adrián parece demasiado ocupado con sus propios pensamientos como para intentar romper la tensión. El niño duerme en su silla, con la carita apoyada en un cojín, ajeno por completo al torbellino que yo llevo por dentro.
Al cabo de unos minutos, el automóvil se desvía hacia una zona más apartada de la ciudad. Las calles se vuelven más amplias, la vegetación más cuidada y las casas… dejo de llamarlas casas. Son propiedades enormes, de esas que solo había visto en revistas o películas. Miro por la ventana con los ojos cada vez más abiertos, sintiendo que estoy cruzando una línea invisible hacia un mundo que no es el mío.
Pero nada me prepara para lo que veo cuando el auto se detiene.
La palabra casa no le hace justicia.
Frente a mí hay una mansión. Una mansión de verdad: inmensa, elegante, con un jardín perfectamente iluminado y lleno de flores. El portón de rejas negras se abre en cuanto reconoce el vehículo. El camino hacia la entrada está decorado con luces cálidas y un par de fuentes pequeñas arrojan chorros de agua cristalina que brillan bajo los focos. Columnas blancas sostienen el porche principal y enormes ventanas dejan ver interiores amplios, sofisticados.
Siento que el corazón me da un vuelco.
—¿Aquí… vive usted? —me atrevo a preguntar en un susurro.
Una pregunta tan obvia, pero que necesito confirmar, porque parece un sueño.
—Sí. Bájate —responde con esa frialdad calculada tan suya.
Obedezco. En cuanto pongo un pie fuera del vehículo, tengo que inhalar hondo para asimilar lo que estoy viendo. Es el tipo de lugar donde yo limpiaría el piso, no donde viviría. Aun así, camino detrás de él hacia la puerta principal.
Un mayordomo, impecablemente vestido, abre la puerta con una leve inclinación de cabeza.
—Buenas noches, señor Jones. Todo está preparado como pidió.
¿Un mayordomo?
Definitivamente, esta no es la vida que imaginé cuando me contrataron como niñera. Todo en este lugar grita poder, control y lujo, y yo avanzo detrás de Adrián con pasos cautelosos, consciente de que no pertenezco a su mundo.El interior es todavía más impresionante. El vestíbulo de entrada tiene un piso de mármol que brilla como un espejo. Una lámpara de cristal cuelga del techo, proyectando destellos dorados por toda la habitación. Los muebles son elegantes, colocados con una precisión casi artística. El aroma a flores frescas y madera fina impregna cada rincón.
Mis pasos suenan demasiado. Me siento ruidosa y algo torpe como si estuviera fuera de lugar. Camino teniendo cuidado de no rozar nada, de no tocar nada, como si pudiera romper algo con solo respirar.
—Ven, sígueme —ordena sin mirarme.
Subimos una escalera amplia, con barandas labradas y alfombra suave que hace desaparecer el ruido de nuestros pasos. El segundo piso es igual de impactante: corredores largos, puertas dobles, obras de arte colgadas en las paredes. Siento que camino dentro de un museo privado, uno que no podría pagar ni limpiando toda la vida.
Finalmente, Adrián se detiene frente a dos puertas grandes, una al lado de la otra.
—Este es mi dormitorio —dice, señalando una de ellas—. Y este será el tuyo.
Abre la puerta de el que será mi dormitorio y me quedo sin palabras.
La habitación es más grande que mi departamento entero. La cama tiene un acolchado blanco impecable. Cortinas de terciopelo que caen hasta el piso. La luz es cálida, acogedora. Es un cuarto precioso, de esos que una vez en fotografías y asume que nunca pisará.
Pero lo que realmente me inmoviliza es la pequeña puerta junto al respaldo de la cama.
Adrián se posa firme y se cruza los brazos.
—Esa puerta conecta directamente con mi dormitorio. La niñera siempre debe estar a un paso del niño. Si llora, si se despierta, si lo necesita, entrarás por ahí. No quiero esperar ni un segundo más de lo necesario.
Lo miro, sorprendida por la cercanía… y por la exigencia. Él siempre habla así, de manera precisa y directa, como si cada segundo valiera dinero.
Pero esta vez no aparta la mirada de inmediato. Se queda observándome un segundo más de lo necesario.
En realidad, él nunca aparta la vista. La que lo hace soy yo, porque soy incapaz de sostenerla por mucho tiempo.—¿O sea que… dormiré aquí, al lado de su habitación? —pregunto, intentando que mi voz no delate lo mucho que esa cercanía me descoloca.
Sus ojos recorren mi rostro con lentitud antes de responder.
—Exactamente —confirma al fin, sin dudar—. Es más práctico. Y más seguro para el niño.
Bajo la mirada hacia el pequeño, que juega con mi cabello. De pronto, la habitación deja de ser solo lujosa y empieza a llenarse de significado. Es parte de mi nueva vida. Voy a vivir aquí, justo al lado del dueño de la casa. A un paso del dormitorio principal. A un paso de él.
Adrián me observa unos segundos más. Lo siento, aunque no lo veo. Sé que me está evaluando: mi postura, mi expresión… y mi ropa. Mis jeans gastados y mi polera sencilla se ven miserables en medio de tanta perfección.
—Dirígete al primer piso. Roger estará esperando por ti —ordena con ese tono firme e impersonal que ya estoy empezando a reconocer.
Sin esperar respuesta, toma al niño de mis brazos con un gesto seguro, se gira y entra a su dormitorio. Cierra la puerta con suavidad, pero el mensaje es clarísimo: la conversación termina ahí.
Me quedo un momento mirando la puerta cerrada. Todo lo que ha pasado en las últimas horas se me acumula en el pecho. Esta mañana no sabía dónde iba a dormir. Contaba las monedas para no desmayarme de hambre. Y ahora estoy dentro de una mansión, con una habitación que parece sacada de un sueño improbable.
Un sueño extraño.
Un sueño que da miedo… pero que, aun así, me devuelve algo que creí perdido.Esperanza.
Me apresuro escaleras abajo.
Roger me espera en el salón principal, de pie, erguido, tan impecable como el resto de la casa. Cuando intento tomar mis maletas, él levanta una mano para detenerme, educado pero firme.
—¿Trae algo importante en las maletas, señorita Miller? —pregunta con voz medida.
Titubeo.
—Algunas cosas… sí.
—Perfecto. Guarde solo lo necesario. El resto de su vestuario será eliminado —dice sin rodeos.
Lo miro, sorprendida, sin saber qué responder.
En ese momento entra una mujer de aspecto amable y profesional, con una cinta métrica entre los dedos.
—Ella es Gabriela —explica Roger—. La ayudará con las medidas. Mañana a primera hora estará listo su nuevo uniforme de trabajo.
Pienso en delantales simples, ropa cómoda, poco llamativa. Gabriela se acerca y, aunque todo me resulta abrumador, ella es cálida, eficiente y respetuosa. Me toma las medidas con cuidado, como si estuviera acostumbrada a tratar con personas nerviosas.
Cuando termina, Roger retoma la explicación. Me muestra dónde está cada cosa del niño: la ropa, los pañales, el agua, la leche, los medicamentos, los utensilios. Me esfuerzo por grabar cada palabra, como si mi cerebro fuera un ordenador eficiente. No puedo fallar. No debo tener margen de error, ya que esta es mi oportunidad. La única.
—Ahora puede retirarse a dormir, señorita Miller —concluye—. Descanse bien. Mañana comenzaremos temprano. Luego podrá leer y firmar su contrato con calma.
Asiento y con tan solo mi bolso de mano, subo a mi habitación. Apenas cierro la puerta, suelto un suspiro largo y tembloroso.
Sobre la cama, encuentro un pijama de seda perfectamente doblado. Muy distinto a cualquiera que haya usado en mi vida. Miro mi ropa vieja, gastada, y me parece un insulto dejarla sobre esa cama impecable.
Exploro la habitación con curiosidad hasta encontrar dos puertas más. La primera lleva a un armario enorme, vacío, como esperando una versión nueva de mí. La segunda conduce a un baño que me deja sin aliento: mármol, luz cálida, una ducha de vidrio, productos de belleza y perfumes a elección.
Siento que todo esto es demasiado para alguien como yo.
Aun así, agradecida y agotada, voy directo a la ducha.
El agua tibia me envuelve como un abrazo que no sabía que necesitaba. Siento cómo los músculos, tensos desde la mañana, se relajan por primera vez en todo el día. Cierro los ojos y dejo que el agua se lleve el cansancio, el miedo y el peso de las últimas horas.
Cuando termino, me envuelvo en la bata suave y me pongo las pantuflas blancas. Es como estar dentro de la vida de otra persona.
Voy de regreso a la habitación, secándome el cabello con las manos…
Y justo en ese momento, la puerta lateral —la que conecta con el dormitorio principal— se abre.
Adrián entra sin anunciarse, como si esta fuera también su habitación. Lleva un pijama oscuro. La camiseta sin mangas deja al descubierto sus brazos tonificados, bien definidos, con músculos que se marcan incluso en reposo. Por primera vez me detengo a mirarlo bien: cabello negro, cejas marcadas, ojos azules intensos que parecen atravesarte, un cuerpo trabajado que huele a disciplina y control.
Es guapo.
Guapo de una manera peligrosa.—Muévete —ordena con total naturalidad—. El niño tiene hambre.
Aprieto la bata contra mi cuerpo, torpe por la sorpresa, y comienzo a buscar el pijama que Roger dejó listo.
—Voy en un minuto —respondo, tratando de parecer más segura de lo que estoy.
—Te quedan cincuenta segundos —replica, y se marcha sin esperar más.
Me muevo rápido. Me pongo el pijama, estrujo el cabello para sacar el exceso de agua y cruzo la puerta que conecta con su dormitorio. Entro con cuidado, como si pisara territorio sagrado donde no sé si siquiera está permitido respirar.
El niño llora desconsoladamente. Voy directo hacia él, lo levanto con delicadeza y preparo la mamadera tal como me enseñó Roger. Me siento en un sofá junto a la cuna y lo alimento con paciencia. Poco a poco su llanto se transforma en un quejido suave y luego desaparece.
Adrián está recostado en la cama, con el portátil sobre las piernas. Teclea con concentración, el ceño levemente fruncido. No me dirige la palabra. Ni una sola mirada de cortesía. Pero aun así se hace notar. Llena la habitación con su presencia. Con ese aire de control absoluto.
La habitación es tan amplia como la mía, pero más sobria: muebles oscuros, paredes en tonos fríos, decoración minimalista, líneas rectas. Es un lugar que encaja perfectamente con él: serio, rígido y ordenado.
Cuando el bebé termina de comer, lo mezo con cuidado y le canto algunas de las canciones que mi madre me cantaba antes de dormir. Le acaricio el cabello y pronto vuelve a quedarse dormido. Lo acomodo en la cuna con suavidad.
Me pongo de pie con cuidado de no hacer ruido y camino a paso lento. Observo a Adrián: continúa tecleando en su portátil. Pero cuando paso a su lado, se detiene y lo deja a un costado. Y yo hago lo mismo.
Él se sienta al borde de la cama.
Es imposible no fijarme en él. Es que es tan… jodidamente atractivo.
Trago pesado.—El niño ya comió y se acaba de dormir —le informo, aunque es obvio. Pero con este hombre nunca se sabe.
—Lo sé —dice, poniéndose de pie.
Maldición.
Su porte me deja sin aliento. Tengo que levantar la barbilla para poder mirarlo, siento mis mejillas arder y eso jamás me ocurría, pero con él, tan solo con sentir su mirada ya me siento nerviosa. A su lado me veo pequeña, diminuta, y él es tan imponente que recién entonces noto que estaba conteniendo la respiración.—Me gusta la puntualidad, ante todo —deja en claro—. Cumple con tus funciones y no tendremos problemas.
No soy capaz de responder. Solo asiento, porque no sé qué demonios le pasa a mi voz, que se niega a salir.
Levanta una de sus manos y la guía hasta mi rostro, pero en lugar de tocarme la piel, toma un mechón de mi cabello entre sus dedos. Se me escapa un suspiro sin permiso. Mi corazón se acelera y siento la piel arder.
—Deberías secarlo antes de dormir. Puedes enfermarte —dice con esa voz grave que hace que me tiemblen las piernas—. Buenas noches, Bianca.
Se aparta y se sienta en la orilla de su cama, observándome.
—Buenas noches —logro murmurar.
Salgo cerrando la puerta con suavidad entrando a mi habitación mientras contengo la respiración, como si un sonido demasiado fuerte pudiera romper la calma de toda la mansión entera.
Es mi primer día.
Mi primera noche.Y sé que este lugar será todo menos sencillo.
Pero, por primera vez en mucho tiempo… siento que, aunque me asusta, estoy exactamente donde debo estar.







