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BIANCA
Mastico cada bocado como si fuera el último. El plato es simple, pero me sabe mejor que cualquier cena que haya probado en mucho tiempo. Tal vez porque llevo el día completo sin comer, o porque por fin siento un poco de alivio después de horas de mala suerte. El refresco frío me cae como una bendición y me arranca una sonrisa que creí perdida.
Termino de comer y se me hace un nudo en la garganta, mi sonrisa se deshace. La realidad vuelve a caer sobre mí como un balde de agua helada: en cuanto salga de esta cafetería, no tengo idea de dónde voy a dormir. Quizás duerma en algún albergue… o en el metro. La verdad es que no lo sé. Mis ojos se humedecen y el dolor en el pecho se vuelve insoportable. Me siento arruinada. Y solo tengo veintidós años. Demasiado joven para sentir que la vida ya me ha golpeado tan duro.
Desde niña me he esforzado por salir adelante, ayudando a mis padres, aprendiendo de ellos, convirtiéndome —gracias a su ejemplo— en una mujer con valores.
Intento prolongar mi estadía, descansando las manos sobre la mesa mientras observo las luces cálidas del lugar, aferrándome al único rincón seguro que he tenido en todo el día.
La imagen de Kevin y Susy irrumpe en mi mente como veneno. Los odio. A ambos. No merecen una sola lágrima mía. Desde hoy quedan fuera de mi vida. No los recordaré. No los nombraré. No lo merecen.
Solo se dedicaron a pisotear mis sentimientos, a mirarme por encima del hombro, a tratarme como si fuera estúpida… como si mentirme a la cara y engañarme sin el menor remordimiento fuera algo fácil.Hundo los dedos en mi cabello y respiro hondo, intentando ordenar el caos mientras analizo mi vida… y decido qué voy a hacer a partir de ahora. Regresar a mi pueblo no es una opción. Si me vine a la ciudad fue porque sé que, tarde o temprano, puedo salir adelante.
Me enderezo y me pongo de pie, lista para marcharme, espero cerca del mostrador para despedirme de la anciana, porque gracias a ella, hoy pude comer.
Jamás olvidare este gesto de bondad.
La puerta de la cafetería se abre de golpe e ingresa un hombre alto, de presencia imponente, con un traje oscuro a medida. Su porte es perfecto, su espalda ancha, camina como si el mundo entero estuviera bajo sus pies. Lleva a un niño pequeño en brazos, que llora con un llanto estridente que llena el local entero.
Se acerca al mesón con pasos firmes y toca la campanilla con clara impaciencia.
—Quiero ver a su empleada —ordena con una voz grave y dominante, mientras intenta calmar al niño… sin éxito.
La anciana se acerca despacio, lo observa con cautela de pies a cabeza.
—Ella dijo que se fuera al carajo —responde sin inmutarse—. Que ni por un millón volvería a trabajar con usted.
Él cierra los ojos por un segundo, exhalando con frustración contenida.
—Dígale que le pago el triple si es necesario. Necesito ayuda con el niño.
—¡Por imbécil no le duran las empleadas! —grita la camarera desde la cocina—. ¡lárguese!
—¡Ven y cuida al niño! —demanda con autoridad—, ¡traigo dinero suficiente!
—¡Le dije que se largue! —grita la joven desde la cocina.
La discusión retumba en todo el local. Las pocas personas que quedamos estamos pendientes, pero yo escucho cada palabra con atención. Entonces una luz se enciende en mi mente: él necesita una empleada… y yo necesito un trabajo.
No tengo nada que perder.Mis manos se humedecen.
Las palabras de mi padre resuenan en mi cabeza: El que no arriesga, no gana.
Con el corazón acelerado, rebusco en mi bolso el currículum. Me tiemblan los dedos mientras lo aliso. Me acomodo el cabello, intento arreglar la ropa y camino hacia él… hacia ese hombre que parece capaz de desarmar a cualquiera con una sola mirada.
Siento un nudo apretado en el estómago, porque si me rechaza…Sacudo la cabeza, apartando los pensamientos negativos, y me animo a mí misma.
“Todo saldrá bien, Bianca. Tu puedes”. Me repito una y otra vez.Y cuando estoy frente a él, el aire simplemente desaparece.
Es aún más atractivo de cerca. Una belleza masculina de esas que irradian dominio y poder. Sus ojos —de un color azul— me recorren de pies a cabeza sin una pizca de delicadeza. Como si estuviera evaluando cada parte de mí.
Me sonrojo, pero no retrocedo.
—Yo… puedo ayudarle —logro decir, extendiendo mi currículum con la mano que tiembla un poco.
Toma el documento sin mostrar el menor gesto de amabilidad y camina hacia una mesa vacía, como si el lugar entero le perteneciera. Lo sigo, intentando calmar al niño; le hablo con ternura, tomo su pequeña mano y él me estira los brazos para que lo cargue. Deja de llorar de inmediato, algo que me sorprende… y no solo a mí.
El hombre me mira, O, mejor dicho: me examina. Sus ojos fríos se clavan en mí, como si estuviera confirmando algo.
Me pasa al niño sin dudar, como si ya hubiera decidido que yo soy la solución a su problema. Lo cargo con naturalidad, casi instintivamente y le hablo mientras lo meso con suavidad.
Entonces saca su teléfono, marca un número y comienza a dar mis datos con ese tono frío de quien está acostumbrado a que todos le obedezcan. Exige que le informen de todo lo necesario, lo antes posible.
—Siéntate y espera —ordena.
Tomo asiento frente a él, sintiendo la tensión en el aire mientras me observa de una manera meticulosa. Su mirada me cohíbe un poco; aun así, no bajo la vista y me concentro en entretener al pequeño.
Ninguno dice una palabra durante varios minutos, hasta que el celular vuelve a sonar, y él contesta al instante.—Bien. Puedo confiar en ella… Perfecto. Gracias —dice con un tono profesional—. Regresaré en una hora. Que preparen el cuarto para su llegada.
Mis ojos se abren. ¿Qué cuarto? ¿Para quién? ¿Para mí?
Él cuelga, me mira y dice:
—Bianca Miller. Estás contratada. Trabajarás puertas adentro. Te encargarás de cuidar a mi hijo. Tendrás comida, transporte y todos los gastos cubiertos. El sueldo es bueno y no se descuenta nada.
Mi corazón se detiene un segundo.
Una sonrisa se me escapa al instante al escuchar aquello. Es justo lo que estaba buscando… no, es más de lo que esperaba. Tendré todo y mucho más.
Tengo ganas de gritar, de saltar, de festejar, incluso de abrazarlo y darle las gracias. Pero me contengo. Se nota que es un hombre bastante reservado.—Acepto —respondo sin dudar.
Él se pone de pie con una firmeza seca.
—Andando. No tengo toda la noche.
Me levanto de inmediato, cargo al niño y, con la mano libre, tomo mi maleta y el bolso. Él se gira apenas lo justo para tomar a su hijo y continúa caminando hacia la salida, sin comprobar siquiera si lo sigo.
Antes de salir de la cafetería, me detengo un segundo en el mostrador para despedirme de la anciana y agradecerle la rica comida que me obsequió
Salgo a toda prisa del local, miro para ambos lados y él ya va camino al estacionamiento. Corro tras él hasta alcanzarlo frente a un automóvil negro, elegante, de líneas impecables. Es el tipo de vehículo que solo alguien con poder puede darse el lujo de tener.
En ese momento, recién, caigo en cuenta de donde me estoy metiendo. Creo que mi vida dará un gran giro completo y espero caer de pie.
—¡Oye, muchacha! —grita una voz desde la entrada de la cafetería.
Me giro. La mesera está de pie con los brazos cruzados.
—¡Ese hombre es un imbécil! ¡No te fíes de él! —grita con fuerza— ¡Sus amantes, son unas insolentes que no tienen misericordia!
Él ni se inmuta.
—¡Es un mujeriego sin amor de padre! —vuelve a gritar la joven.
—Andando —repite, impaciente—. No tengo toda la noche.
—¡No digas que no te lo advertí! —grita por última vez la mesera, antes de ingresar al local.
Las palabras de la joven quedan dando vueltas en mi mente. Entonces decido mirarlo… una muy mala elección, porque él ya me estaba observando.
Esa mirada fría, intensa y dominante que no solo me anclan al suelo, sino que también me hacen flaquear las piernas.El aire se vuelve denso. Mi pulso se acelera sin permiso.
Intento sostenerle la mirada, pero termino apartándola por instinto, con la certeza inquietante de que, si seguimos observándonos, podría leerme por completo.
Decido tomar mi maleta, pero creo que ambos tuvimos el mismo pensamiento, porque yo sujeto el mango y él posa su mano sobre la mía dándome un suave apretón. La descarga es inmediata.
Una electricidad me recorre la espalda y se desliza hasta mis dedos. Dejándome sin aliento por un segundo.No soy capaz de mirarlo, aunque sé muy bien que él no aparta la suya de mi rostro.
Siento las mejillas arder… y no sé si es vergüenza o una advertencia.
Me aparto, y él toma mis cosas, guardándolas sin decir una sola palabra.—Por cierto —dice, cerrando el maletero—, soy Adrián Jones.
Una sensación extraña me eriza la piel sin previo aviso. No sé si es miedo, emoción… o una mezcla peligrosa de ambas.
Lo único que sé es que mi vida acaba de cambiar.
Y que desde este momento… nada volverá a ser igual.






