Mientras todo aquello sucedía en la heladería, Marina, Sebastián y Ofelia pasaban una amena tarde en el jardín. El hombre no paraba de elogiar aquel delicioso mole de olla que tan a mano Ofelia había preparado, ya que se le había antojado a Marina algo que le recordara a su pueblo.
—Cariño, un día de estos debes llevarme a tu pueblo, necesito conocerlo. Si estas delicias se preparan ahí, necesito conocerlo.
—Sebastián, no me digas que no conocías este platillo, ¡por Dios! —dijo Marina, sonriente