—¡Dios, por favor! ¡Cuida a mi hija! —se escuchó la súplica de Eugenia.
—¡ESTO ES POR TU MALDITA CULPA! —exclamó Rigoberto apuntando con el dedo a Esteban mientras era retenido por Lina.
—¡Papá, por favor!
—¿Qué demonios dice? ¿Acaso yo iba con ella? ¿Acaso yo fui quien iba conduciendo ¡Cuidé sus palabras! Porque, siendo honestos, ni siquiera debería estar aquí… —replicó Esteban molesto e incómodo ante aquella acusación.
—¡Sí! Ahora te muestras muy valiente, pero ¿qué tal hace años? Cuando regr