Sus ojos no se apartaron de los míos.
Ni un solo segundo.
Me quedé allí, paralizada en el umbral, con cada músculo en tensión. Una opresión me apretaba el pecho mientras Lucien me miraba fijamente. Sus ojos se posaban en mí demasiado tiempo, demasiado profundo. Mi mente giraba en torno a una pregunta salvaje, imposible.
¿Me había reconocido?
¿Algo en mí —tal vez mi voz, mi mirada o mi alma— le recordaba a la mujer a la que había conspirado para matar?
El pensamiento me provocó un escalofrío hel