Me arrodillé frente a él y tomé sus manitos.
—No es tu problema, mi amor.
Mateo frunció el ceño.
—Pero si tú lloras, sí es un poquito mi problema.
Ay, Dios.
Lo abracé tan fuerte que él soltó un quejido pequeño.
—Mamá, Bruno también está aquí.
—Perdón. Abrazo familiar.
Mateo me rodeó el cuello con un