—Pero poquito.
—Ofensivo, pero acepto.
Esa pequeña broma nos salvó.
Mateo empezó a bostezar. La verdad lo había cansado y a mí también. Lo llevé de vuelta a su cuarto, lo arropé y me senté a su lado. Él no quería que apagara la luz pequeña, así que la dejé encendida. Bruno quedó entre sus brazos.
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