37.
Me quedé mirando mi último mensaje a Damián como si hubiera sido escrito por otra persona.
Porque quizá no podías escuchar.
La frase seguía ahí, sencilla, terrible, brillando en la pantalla con una calma que me parecía injusta. No era una frase romántica. No era una disculpa. No era una absolución. Era una posibilidad monstruosa: que aquella noche Damián no solo hubiera estado confundido, borracho o avergonzado, como todos habían querido hacernos creer. Tal vez había estado ausente de su propio