Un juego peligroso.
Zia estaba contenta, ahora su boda otra vez podía decirse que estaba en curso, a Francesco solo le faltaba un empujoncito para que se decidiera al fin a ponerle fecha a su gran día.
De buen humor Zia se subió a uno de los coches de la familia Rucci y le indicó al chófer que la llevara al mejor centro comercial de la ciudad, haría lo que más le encantaba: gastar el dinero de su padre.
Después de pasar varias horas en la tienda más exclusiva y costosa de toda la ciudad, escogiendo una pila de