Capítulo 5

—No es necesario que hagas eso, yo puedo cuidar de mí misma.

Traté de apartar mis pies una vez más pero él no me dejó.

Me incomodaba lo delicado que estaba siendo conmigo.

Eso no es algo propio de alguien como él.

—Tú... ¿Lo amas?

Su pregunta logró hacer que me fijara en su rostro.

No me estaba mirado pero evidentemente estaba a la espera de mi respuesta.

Algo me dijo que hizo esa pregunta como si realmente le doliera mi respuesta.

Aunque eso era estúpido.

—¿De qué estás hablando?

—De ese bastardo que te dejó sola en el bosque ¿De quién más sino?

—En primer lugar no es tu problema si lo amo o no. Y en segundo lugar, el bastardo eres tú. Leif es...

—Claro que es mi maldito problema —rugió de forma letal—. ¿Lo amas o no?

—Es mi novio ¿Por qué crees que estoy con él si no es así?

—No lo sé, esperaba que me lo respondieras tú. Una mujer enamorada es evidente y tú no pareces una de ellas.

—¡No creas saber todo de mí! ¡No me conoces!

—Terminé.

Se levantó tomando el botiquín sin mirarme y yo me alarmé.

No podía dejarlo ir porque debo llevar a cabo mi plan.

Cueste lo que cueste debo volver con mi familia.

—Duerme conmigo.

Detuve su muñeca con rapidez y las palabras que recién salieron de mi boca no solo lo paralizaron a él.

Sino que causaron un extraño estrago en mi organismo.

Sus ojos se clavaron en mí con intensidad mientras que mi respiración se aceleraba bajo la especulación de sus orbes.

Era como si tuviera un poder extraño sobre mí.

Como si nos conociéramos de hace años.

—¿Por qué?

Yo dejé ir su muñeca con vergüenza apartando los ojos hasta la ventana justo cuando un relámpago brillaba en el cielo.

—Porque... le temo a las tormentas.

No estaba mintiendo en esta ocasión pero por más miedo que sintiera jamás le pediría a él que se quedara.

A menos que tuviera un plan como ahora.

—No lo parecía hace segundos.

Quizás él tenía razón en eso.

Antes no lo había notado hasta que había decidido buscar una excusa para que se quedara y eso es porque de alguna manera retorcida... me siento segura a su lado.

—¿Sabes qué? Si quieres puedes irte.

Él no dijo nada.

Se quedó mirándome fijamente antes de sentarse sobre la cama justo a mi lado.

—No me iré a ningún lado pequeña. Pero no te tocaré.

Si no quieres que lo haga.

Esto último lo dijo con sorna aunque su cara seguía seria cuando me volteé para mirarlo indignada.

—¡Nunca voy a querer que lo hagas!

—Ya lo veremos.

Guardó el botiquín dentro del baño y volvió con la misma rapidez que había entrado.

—¡No te burles de mí!

—Basta ya, descansa un poco, yo también voy a hacerlo.

La verdad es que había notado que se veía cansado.

Lo fulminé con mis ojos de todos modos al ver que se acostaba sobre la cama dándome la espalda.

Me recosté sobre la cama sintiéndome ansiosa y me crucé de brazos.

Las luces se apagaron de repente sobresaltándome pero él ni siquiera se inmutó por lo que yo tampoco dije nada y me quedé viendo al techo esperando que se durmiera.

Solo esperaba que mi plan diera resultados.

No sé cuánto tiempo transcurrió hasta que noté que él estaba dormido al fin.

—Vamos, no puede ser tan difícil.

Le eché una mirada para comprobar que siguiera durmiendo.

—Tienes que tener las llaves en algún lado —susurré.

Mientras había estado durmiendo se había movido y ahora estaba de frente.

Su pecho subía y bajaba con cada respiración.

—¿Por qué es tan guapo?

No pude evitar susurrar mientras observaba su rostro dormido.

Maldije entre dientes y comencé a buscar la llave en el bolsillo derecho de su pantalón aunque no la encontré.

Enseguida metí mi mano en el otro pero justo en ese momento haciendo que gritara un par de manos se posaron sobre mi cintura tirándome de esta.

—¡Ah! ¡¿Qué haces?!

Con el corazón latiendo de prisa noté que él me había colocado encima de él con mis piernas alrededor de su cintura y aún no me había soltado.

—Eso es lo mismo que me estaba preguntando yo ¿Qué haces, pequeña?

Enseguida alcé mi mirada a la suya.

Él parecía relajado pero yo sabía que no lo estaba.

Nuestra tensión sexual era obvia.

—Yo...

—Tú estabas buscando la llave, ¿De verdad crees que soy tan estúpido como para dejarla donde puedas encontrarla?

Su burla me irritó de inmediato.

—¿Dónde está la m*****a llave?

—¿De verdad quieres saberlo?

Una de sus cejas se arqueó esperando mi respuesta y yo alcé mi cara de forma retadora.

—Sí, ¿Dónde está?

Antes de que pudiera prevenir su siguiente movimiento.

Él tomó una de mis manos y la dejó sobre el bulto entre sus piernas horrorizándome.

No pude evitar gemir.

Más aún cuando vi que... creció.

Y aún peor, yo seguía encima de él.

—¡¿Cómo te atreves?!

No tardé en golpear su cara con una fuerte cachetada como instinto y al ver esto me quité de encima con rapidez cuando vi que sus ojos volvieron a ese color que me daba miedo.

No me dejó salir de la cama deteniéndome.

Posicionándose sobre mí.

—Tú me preguntaste dónde estaba mi llave. No vuelvas a golpearme Selene.

Solo Verona y yo tenemos una así que no hay escapatoria.

Respondí a donde estaba la mía.

—Eres despreciable.

—No me importa lo que digas.

Deja de usar artimañas porque de todas maneras no podrás escapar.

Los chicos de la manada están entrenados y no te dejarán ir así que espero que te des por vencida de una vez por todas.

—¡Nunca! Eso nunca va a pasar a menos que me mates.

Él se apartó de mi cuerpo levantándose de la cama aunque yo aún estaba un poco aturdida por lo que su cercanía causaba en mi interior.

—Ni siquiera la muerte te liberará de mí, pequeña.

Sus palabras causaron algo extraño dentro de mí por lo que me llevé una mano al corazón y solo me puse a llorar cuando él salió de la habitación dejándome sola otra vez.

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