La casa a la que Aidan nos había traído era tan grande como la de la manada en Noruega.
Yo ni siquiera hice preguntas.
Aila y Aidan hablaban sin parar hasta que él le mostró su habitación a la niña.
Y luego se giró hasta mí con seriedad.
—Vamos —demandó en tono autoritario.
—Yo voy a quedarme con Aila...
—Dije que vinieras, ahora.
Ante su tono no pude negarme y ni siquiera yo sé el porqué.
Aidan jamás me había hablado así.
Podía sentir su enojo hacia mí.
Pero poco me importaba.
O eso me decía a