Apenas dejó el vaso de agua cuando él apagó la lámpara de pared, se metió en la cama y la abrazó. Antes de que ella pudiera reaccionar, le giró el rostro y la besó apasionadamente.
Era un beso ardiente, pero también tenía un sabor a castigo.
—Oye, que estoy embarazada —protestó Julia arrugando el ceño mientras intentaba zafarse.
—¿Y qué con eso? Las desobedientes merecen castigo —le mordió el labio y al sentir su resistencia, susurró con voz ronca—: No puedes rechazar a tu esposo.
Julia trató de